El gran YO SOY

El gran YO SOY

Por Departamento Web

El Evangelio de Juan narra las siete señales milagrosas del Señor Jesús con el objetivo de mostrarles a los lectores que el Mesías era el Hijo de Dios, el Ungido del Altísimo. Aquellos que creyeran en Su identidad, recibirían vida en Su Nombre.

Todas las palabras arrojaban luz para que los hombres vieran más allá del Jesús nacido en Belén y educado en Nazaret y vieran al Propio Dios Vivo que descendió del cielo. Por eso, la visión con respecto a Él no podría ser limitada a la identidad de un Mesías como líder político, o de un rey, como David en la historia de Israel. Aunque la expectativa de Israel con respecto a su Mesías fuera la de un líder que colocara a la nación nuevamente en un nivel de gloria, ese no era el objetivo del Señor Jesús y tampoco eso estaba en sus reivindicaciones, por esa razón, tan pocas personas Lo comprendían.

Y esta falta de comprensión no fue solo porque se negó a ser ese líder político que las personas imaginaban, sino por enfatizar Quién de hecho era Él. Esto es, al decir “YO SOY”, el Señor Jesús afirmaba y reafirmaba Su naturaleza Divina:

“Yo Soy el Pan de vida” (Juan 6:35);

“Yo Soy la Luz del mundo” (Juan 8:12);

“Yo Soy la Puerta” (Juan 10:7);

“Yo Soy el Buen Pastor” (Juan 10:11);

“Yo Soy la Resurrección y la Vida” (Juan 11:25);

“Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida” (Juan 14:6);

“Yo Soy la Vid Verdadera” (Juan 15:1).

Esas declaraciones causaban un impacto tan grande en las personas que, muchas veces, ellas deseaban matarlo. Justamente porque les remitía directamente lo que el Altísimo le respondió a Moisés en el desierto con respecto a Su Nombre:

“Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros” (Éxodo 3:14).

Vamos a entender la dimensión de esa respuesta:

Hoy, los nombres de los hijos son escogidos por los padres sin muchos criterios, pero en el pasado no era así. El nombre de una persona contenía la esencia de su carácter, por lo tanto, revelaba quién era ella, su origen y su progenitor. También podemos ver que el nombre nos es dado por alguien mayor que nosotros, es decir, quien tiene la autoridad sobre nuestra vida.

No obstante, en el caso del Todopoderoso, que no tuvo principio y nunca tendrá fin y tampoco tuvo progenitor, pues es autoexistente, ¿cómo darle un nombre a Él o quién podría hacerlo? Además de eso, si el nombre implicaba quiénes eran las personas, ¿cómo el Altísimo, infinito en Sus atributos, podría delimitarse a Sus características o definirse en un solo nombre o palabra? Imposible, incluso así, Moisés deseó saber el Nombre de Dios.

Hasta entonces, nadie conocía el Nombre de Dios, ni siquiera los patriarcas. Lo que sucedía era que, como prueba de fidelidad a Sus siervos, el Altísimo juntaba Su Nombre con el de ellos y así empezaba a autoidentificarse como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Pero, la respuesta que le dio a Moisés revela que “YO SOY” además de involucrar todas Sus incontables cualidades, como inmutabilidad, autoexistencia, eternidad, fidelidad, misericordia, etc., conlleva en sí todo lo que Dios es y que Su pueblo necesita que Él sea.

En otras palabras, aquellos que necesitan de vida: “YO SOY LA VIDA”.

Aquellos que están perdidos: “YO SOY EL CAMINO”.

Aquellos que necesitan de justicia: “YO SOY LA JUSTICIA”.

Ante esto, la extensión del concepto del Nombre de Dios va más allá de lo que el entendimiento humano alcanza.

Además, es importante saber que en la lengua hebrea no es posible conjugar el verbo “ser” en la primera persona, a no ser el Propio Todopoderoso refiriéndose a Sí Mismo. Eso significa que, en hebreo, nadie puede decir que es eso o aquello, sino, “Yo eso” o “Yo aquello”, pues el “soy” es exclusivo de Dios.

Eso es tan rico y profundo que, solamente en esa respuesta para Moisés, podemos tener otras ricas interpretaciones de cómo Dios Se autodenomina: “Yo Seré lo que Seré”; “Yo Soy porque Soy”; “Yo Soy Aquel que es y que será”, etc.

¡Este conocimiento nos hace entender que solo Dios es y punto! Eso significa que todo lo restante, es decir, los seres humanos, los animales, la naturaleza, el universo y la Creación como un todo, subsisten en Él, y basta que Él quiera para que todo deje de existir o subsistir, ¡pues todos somos completamente dependientes de Él!

Eso también quiere decir que nunca hubo un tiempo en el que Dios no fuera y nunca habrá un tiempo en el que Él no será. Por lo tanto, ¿quién es el hombre para afirmar “Yo soy esto o aquello”, como si tuviera o viviera en condición permanente? O, presuntuosamente, intimidar a alguien con la famosa frase: “¿Usted sabe quién soy?”.

Es por eso que, todas las veces en que el Señor Jesús unido al Padre conjugaba el verbo en la persona Divina, Él cabalmente Se presentaba como Dios.

“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, YO SOY” (Juan 8:58-59).

Él hacía eso para despertar la consciencia de Sus oyentes. No obstante, mientras algunos creían, otros tomaban piedras para matarlo por considerar Su afirmación sobre Sí Mismo una blasfemia.

De esa manera, en el Señor Jesús encontramos todo lo que nuestra alma necesita. Por eso, nosotros reconocemos en Él, y en Su Nombre, la propia revelación del Altísimo. Es imposible, por lo tanto, ¡vivir sin Él!

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