La grandeza de la humildad

La grandeza de la humildad

Por Departamento Web

Ser humilde, actualmente, no es una tarea fácil. Al final, vivimos en una sociedad donde somos incentivados a la competencia y el individualismo. Cada vez más personas intentan sobreponer sus opiniones a las otras y demuestran su orgullo en relación a lo que piensan.

Sin embargo, la humildad es necesaria en nuestro día a día. Cuando somos humildes de espíritu, evitamos conflictos en el trabajo, en la escuela, en el tránsito y en la familia y, así, logramos la paz interior y el respeto con los demás.

Más allá de eso, la humildad es la base del carácter de Dios y se relaciona directamente a la Salvación del alma, así como avisó el Señor Jesús de inmediato, al inicio de su ministerio terrenal: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3).

En su blog, el obispo Edir Macedo explicó cómo la persona tiene que ser humilde para ser salva por Jesús. “La puerta de entrada al Reino de los Cielos es la humildad. Por eso, la persona debe ser humilde para aceptar creer en un Dios invisible, que no se siente, que no se toca, y, así, tener acceso a ese Dios infinito e invisible. Tiene que tener humildad para reconocer que Él existe y que es galardonador de los que Lo buscan”.

Él agregó que la humildad no se relaciona con la personalidad de alguien, tampoco con el ámbito económico. “No tiene que ver con reconocer. La humildad no se relaciona con la condición socioeconómica. La humildad es del espíritu, una humildad interior, íntima, que es algo personal”.

Se trata de una virtud tan importante que el propio Señor Jesús no solo enseñó sobre el tema, sino que dejó Su ejemplo. En la última noche de Su vida en la Tierra, Él ejerció uno de los más grandes gestos de humildad. Durante la cena, Él se levantó, puso a un lado Su vestimenta externa, amarró una toalla en la cintura, colocó agua en una vasija y, en la condición de siervo, lavó los pies de todos los apóstoles.

En seguida, Él explicó: “¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:12-15).

A partir de entonces, quedaría grabada en la mente de los apóstoles y registrada en la Santa Biblia una gran lección que incentivaría a todos a ser humildes.

Lejos del orgullo

Si la humildad es una de las virtudes más importantes para llegar hasta Dios, todo cristiano necesita ejercerla en su día a día para alcanzar las bendiciones. “Ningún orgulloso, arrogante, prepotente, autoritario, opresor o tirano tiene lugar delante del Todopoderoso. ¿Por qué muchos han tenido fe en Dios y no han obtenido Sus favores? Porque la fe de esos muchos no combina con su arrogancia, mucho menos con el orgullo”, enfatizó el obispo Macedo.

Cuando la persona es bautizada con el Espíritu Santo, esa virtud nace naturalmente en su manera de actuar. El problema es que muchas personas que se consideran siervas de Dios, por algún motivo, se convirtieron en arrogantes y orgullosas. “Conocemos a muchos hombres y mujeres que un día fueron un instrumento en las manos de Dios, líderes que hacían la diferencia y que ganaron muchas almas en este mundo, y cayeron, porque no vigilaron y dejaron al orgullo entrar en el corazón, o porque nunca habían nacido de Dios”, alertó.

Es necesario mucho esfuerzo para aparentar una humildad que, en lo profundo, no existe. “No hay forma de que una persona esconda su orgullo. Ella logra forzar una humildad durante uno, dos, tres tiempos, pero no durante todo el tiempo. Llega un momento en el que eso termina mostrándose, de una forma o de otra, en la carne”, destacó.

Cada uno necesita reflexionar sobre las situaciones que hablan al respecto de la relación con las personas que lo rodean, independientemente de la posición social o dentro de la Iglesia. Esto es necesario para verificar si usted realmente está ejerciendo la humildad. “La pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué fragancia hemos exhalado en el ambiente donde vivimos? El perfume de Cristo o el olor fétido de la carne”, preguntó el Obispo.

Por lo tanto, siempre esfuércese en elegir ser humilde delante de las personas a su alrededor. Ciertamente, estará mostrándole al mundo que tiene una de las principales características de Dios dentro de usted y, con esto, disfrutará de vínculos más ricos y valiosos, y vivirá menos situaciones de conflictos.

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