Cuando la debilidad sale a la luz

Cuando la debilidad sale a la luz

Por Social Media

Empezó como un dolor, pero terminó como un diagnóstico terrible y te desahuciaron. Sientes que todo acabó, piensas que es mejor resignarte y esperar tu muerte. La familia sufre junto contigo. De dinero mejor ni hablamos, se te ha ido en tratamientos, medicamentos e intentas sobrevivir con lo poco que ganas, pero debido a tu condición, te notificaron que no laborarás más para esa empresa.

Ante una situación así, la reacción más común es volverte débil: las fuerzas parecen acabarse, no tienes más ánimo para salir adelante y te entregas de lleno a ese sufrimiento.

La Biblia revela que tras la muerte de Moisés, Josué se lamentó. Sin embargo, Dios le dijo: “Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. […] Esfuérzate y sé valiente” (Josué 1:2 y 6).

Sin duda, el dolor de Josué era grande, pero la intención de Dios no era que quedara lamentándose, sino que tomara una actitud de fe delante del gran dolor que sentía porque le esperaba algo mejor: se convertiría en el líder que encaminaría a los israelitas a la Tierra Prometida.

Eso Dios quiere hacer contigo: mostrar Su Gloria cuando crees que todo está perdido. Él quiere curarte de tus dolores físicos y espirituales, así como darte prosperidad para que la disfrutes con los seres que más amas.

¿Has pensado que una debilidad, en realidad, es una fortaleza? Convierte la tuya en una bendición.

¿Sufrir o ser feliz? ¡Tú eliges

 

 

“Ya no me interesaba vivir”

 

Alejandra Guzmán

Hubo dos puntos críticos que me hundieron en la depresión: cuando me divorcié de mi esposo y cuando falleció mi madre. No quería levantarme de la cama, bañarme ni arreglarme. Pasaba noches sin conciliar el sueño porque escuchaba ruidos extraños y, cuando lo lograba, era hasta las 3 o 4 de la madrugada.

Por otra parte, confieso que no podía dejar de fumar y que todo el tiempo estaba de malas. Mi familia me veía y no me creía, pues llegué a mencionar que prefería irme a las calles a mendigar. ¡El interés por vivir se había esfumado!

En una de mis tantas noches de insomnio, vi el programa del Centro de Ayuda Universal, pero pensaba que era una farsa y, por eso, tardé dos años para asistir.

¡Qué irónico! Necesitaba ayuda y aun así me rehusaba a recibirla. Después de tanto conflicto en mi cabeza, me propuse ir y ahora sé que fue la mejor decisión que pude haber tomado. ¡Fue una bendición aquel día!

Algo dentro de mí comenzó a cambiar, cosa que mi familia también notó. Ya no quería morir, al contrario, Dios me dio amor por la vida y Sus Promesas me inspiraron a seguir buscándolo porque sabía que Él no me fallaría.

Hoy soy una mujer distinta, sin tormentos espirituales ni depresión. Puse un negocio que me ha permitido viajar, comprarme un auto y arreglar una casa que estaba en obra negra.

Le entregué mi vida a Dios y, aunque requirió perseverancia, el cambio fue notorio”.

 

 

 

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