El dominio propio provisto por el Espíritu Santo

El dominio propio provisto por el Espíritu Santo

Por Departamento Web

Para tener una idea de la grandeza de esta cualidad, basta analizar lo que el Espíritu Santo dijo a través de Salomón:

“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.” Proverbios 16:32

“Como ciudad derribada y sin muro, es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.” Proverbios 25:28

Realmente, ¿de qué sirve que presentemos una fe invencible, capaz de transportar montañas, resucitar muertos, curar enfermos, expulsar demonios, si no logramos controlar los impulsos de nuestra voluntad carnal?

Porque, en realidad, el seguidor del Señor Jesucristo vive en constante conflicto contra las huestes espirituales del mal. Su lucha no es contra carne ni sangre, sino:

“… contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” Efesios 6:12

El cristiano debe tener su conciencia limpia y purificada de todo y cualquier sentimiento del mal, con el fin de estar apto espiritualmente para luchar y vencer, por la fe en el Señor Jesús.

Pero si aún, su carne, o sea, las concupiscencias, sus deseos carnales son incontrolables, entonces, ¿cómo podrá usar la armadura de Dios para alcanzar el éxito? Es allí que se hace necesario el dominio propio.

La Palabra de Dios nos exhorta, diciendo:

“… Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.” Gálatas 5:16-17

Nosotros, los cristianos, vivimos en un mundo profundamente hostil, porque pertenecemos al Reino de Dios y habitamos en el reino del diablo; consecuentemente, hay una verdadera batalla entre aquellos que pertenecen a la luz y los que son poseídos por las tinieblas. Entonces, ¿qué ha sucedido? Los no cristianos, esto es, aquellos que son poseídos por las tinieblas y por eso mismo guiados por ellas, siempre susurran provocaciones en el intento de hacernos reaccionar según nuestra carne, para que ellos puedan probar a sí mismos y, por encima de todo, a nosotros que, en el fondo, en el fondo, somos todos iguales y pertenecemos al mismo mundo, y que no sirve de nada nuestra fe.

Lamentablemente, algunas veces ellos han tenido éxito, exactamente porque ha existido de parte de muchos de nosotros, cristianos, omisión al dominio propio. El Señor Jesús nos advierte que:

“… si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” Mateo 5:20

De allí, la imperiosa necesidad de mantener el dominio propio, incluso delante de todas las provocaciones, con el fin de que a través de nuestra conducta ejemplar las personas puedan ver al Señor a través de nosotros. Así también evitamos descender al nivel de aquellos que se encuentran en las tinieblas.

La gracia del dominio propio no es menos importante que las demás, pues ella da un sentido genuinamente cristiano, un autocontrol de sí mismo, ante los impulsos de la carne que nos conducen a la muerte. Todo cristiano necesita templanza, autodisciplina para representar a su Señor aquí en este mundo:

“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” 2 Pedro 1:5-11

(*) Texto extraído del libro El Espíritu Santo, del obispo Edir Macedo.

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